Mi Último Día en la Universidad
Como puedes imaginar, obtener mi título de doctorado de la prestigiosa Universidad de California, Berkeley no fue algo fácil. Me costó seis años de mi vida, muchos estudios, mucho trabajo y el desafío de navegar las demandas conflictivas de mis profesores y asesores. Por ejemplo, después de revisar y resumir toda la literatura psicológica en el área de mi investigación, el tercer asesor, un sociólogo, insistió en que revisara toda la literatura sociológica relacionada; esto añadió unos seis meses al proceso de escritura de mi tesis.
Para aumentar los obstáculos, era la época de la guerra de Vietnam, la invasión de Camboya y el asesinato de estudiantes manifestantes en Kent State University. La mayoría de los estudiantes estadounidenses, incluyéndome, a menudo abandonábamos nuestras clases para protestar contra la guerra y el gobierno. Con igual frecuencia, el campus era invadido por miles de policías con sus porras y gases lacrimógenos; les llamábamos los "blue meanies" – crueles azules – por sus uniformes azules y su brutalidad.
Aparte de mis labores como estudiante y el drama político simultáneo, gran parte de mi experiencia en Berkeley fue burocrática. La universidad era enorme – más de 30 mil estudiantes de pregrado y 12 mil estudiantes de posgrado. Desde mi primer día, pasaba mucho tiempo esperando en filas: la fila para matricularse, la fila para un chequeo de salud, la fila para cambiar una clase, la fila para pagar las tasas, etc., etc., etc. Fue antes del uso de computadoras e internet para hacer estas gestiones; por lo tanto, todo necesitaba hacerse en persona y con abundante papeleo.
Al fin llegó el día en que había terminado todas mis investigaciones, había escrito mi tesis, había pasado mis exámenes orales y escritos, había impreso y encuadernado los tres ejemplares requeridos de mi tesis y, lo más importante, había obtenido las tres firmas que por arte de magia me transformarían en Doctor en Filosofía. Faltaba solo un paso antes de salir de estos seis años difíciles, y de la universidad, con mi título – necesitaba ir al mero centro administrativo, Sproul Hall #1, para entregar mi tesis formalmente a la universidad.
En mi ingenuidad, pensé que no podía haber muchos estudiantes que hubieran sobrevivido seis años así, que hubieran superado todos los obstáculos, que hubieran terminado el maratón y, como yo, estuvieran listos para entregar sus disertaciones. Me imaginaba subiendo las escaleras de mármol que llevaban a Sproul Hall #1 solo, con orgullo, erguido, con los hombros rectos. En lo alto de las escaleras visualizaba a una persona muy digna, ataviada con su toga académica, quien aceptaría mi tesis con la gravedad que merecía, me estrecharía la mano, me diría algo como "bien hecho, Doctor" y me daría una cálida bienvenida a los salones sagrados de la academia.
Qué tonto fui. Cuando llegué a Sproul Hall #1 vi una cola enorme; cientos y cientos de otros posgraduados, cada uno con su tesis en mano, esperando entregarla. Cuando, después de horas, me acerqué a la puerta, noté que nuestra escalera no subía, sino que bajaba a la oscuridad del sótano. Después de aún más espera en la cola, finalmente llegué a la oficina para entregar la tesis. Había un escritorio; detrás estaba sentada una joven, aburrida, masticando chicle. Ella no levantó la vista cuando cada suplicante llegó al escritorio. Como una máquina, extendía su mano, aceptaba el libro, lo abría a la pagina del título, comprobaba con su dedo que tuviera las tres firmas, cerraba el libro, y, otra vez sin levantar la vista, lo arrojaba por encima de su hombro a un enorme cesto de ropa detrás de ella para unirse al montículo creciente de tesis. Así fue mi tierna despedida de la Universidad de California, Berkeley y mi cálida bienvenida a los salones sagrados académicos.
No sabía si reír o llorar. En cambio, me fui con unos compañeros que habían vivido la misma experiencia para tomar mucha cerveza y reírnos de nuestro destino.
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